
Los egipcios, los griegos y los romanos no disponían de gafas ni otra clase de instrumentos para mejorar la visión puesto que, a pesar de haber desarrollado algunas teorías al respecto, nunca las habían llevado a la práctica. Alrededor del año 50 d.C. el filósofo romano Séneca descubrió que los objetos aparecían más grandes y mejor definidos si se observaban a través de un recipienie de vidrio lleno de agua, si bien no atribuyó el aumenio a la curvatura del recipienie sino al líquido. El astrónomo y matemático griego Ptolomeo realizó grandes avances durante el siglo al al calcular el ángulo de refracción de los rayos de luz y el índice de refracción del agua y el vidrio.




